Aftas bucales: por qué aparecen, qué las distingue y en qué momento conviene ir al médico
Las úlceras en la mucosa de la boca son muy comunes y, en general, se curan solas. Repetirlas, agrandarlas o acompañarlas con otros malestares puede ser la pista de algo que necesita un chequeo. Una guía para leer las señales que el cuerpo deja en la lengua, las encías y el paladar.

Voy a arrancar por una confesión que seguro comparten varios de ustedes: más de una vez, al cepillarme los dientes con ganas de más, terminé con una lastimadura en la cara interna de la mejilla que después se convirtió en esa molestia blanca, redonda y dolorosísima que no me dejó comer tranquilo en varios días. A esa lesión la llamamos afta o úlcera bucal, y aunque casi siempre se resuelve sola, conviene aprender a mirarla con atención, porque a veces el cuerpo la usa como un cartel luminoso para avisarnos que algo más está pasando.
Cómo son, dónde aparecen y cuánto duran
Las aftas se forman en la mucosa que recubre el interior de la boca: la cara interna de las mejillas, debajo o sobre la lengua, en las encías, el paladar blando o el lado interno de los labios. Suelen tener un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un halo rojizo, y muchas veces avisan uno o dos días antes con ardor u hormigueo. Un dato clave para no confundirlas con otras lesiones: no aparecen nunca sobre la superficie externa del labio, como sí ocurre con el herpes, y no se contagian de una persona a otra.
En la gran mayoría de los casos son pequeñas, redondeadas y se curan solas en una o dos semanas sin dejar marca. Pero existen otras dos variantes menos frecuentes que conviene conocer. La afta mayor es más grande, más profunda y mucho más dolorosa: puede tardar hasta seis semanas en cicatrizar y a veces deja una señal en la mucosa. La forma herpetiforme, en cambio, está compuesta por muchas ulceritas diminutas que tienden a agruparse, aunque suene paradójico el nombre, no tiene nada que ver con el virus del herpes.
Qué las provoca: desde un mordisco hasta una anemia
Los desencadenantes más documentados son los traumatismos locales: morderse la mejilla por accidente, un cepillado demasiado enérgico, el roce de un aparato de ortodoncia o de una prótesis mal calibrada y las clásicas quemaduras por el café o la pizza recién salidos del horno. También aparecen como efecto del estrés, el cansancio y los cambios hormonales que atraviesan muchas mujeres durante la menstruación o el embarazo.
La alimentación pesa más de lo que uno imagina. Hay evidencia creciente de que los déficit de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D están detrás de muchos cuadros de aftas que se repiten. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes presentaban con mayor frecuencia niveles bajos de vitamina B12, reservas de hierro disminuidas (medidas por ferritina) y hemoglobina reducida. Los autores aclararon que esa asociación no significa que la carencia sea la causa directa, y que en algunos indicadores la evidencia disponible todavía es limitada.
Cuando el cuerpo pide un chequeo a gritos
Si las lesiones se multiplican, vuelven cada dos por tres o vienen acompañadas de síntomas en otras partes del cuerpo, hay que pensar en una enfermedad de base. Entre las condiciones asociadas aparecen la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva y distintas infecciones virales, bacterianas o fúngicas. También pueden ser una señal en personas con las defensas bajas, incluidos los pacientes con VIH/sida.
- Una llaga que no se cura después de dos o tres semanas.
- Aftas que reaparecen con frecuencia o salen en cantidad.
- Lesiones que crecen de tamaño o cambian de forma.
- Dolor intenso que impide comer, beber o hablar con normalidad.
- Aparición de fiebre, diarrea, erupciones en la piel o cansancio extremo junto con las úlceras.
En el consultorio, el profesional suele revisar la boca y, según la sospecha, pedir análisis de sangre para descartar anemia, déficit vitamínicos, marcadores de enfermedades autoinmunes o inflamación intestinal. A veces se hace una biopsia cuando la lesión es atípica o no responde a los tratamientos habituales. La buena noticia es que, una vez identificada la causa, las aftas suelen dejar de aparecer o bajar mucho en frecuencia.
Mientras tanto, hay cuidados simples que ayudan a sobrellevar el dolor: evitar los alimentos muy ácidos, picantes o calientes, mantener una buena higiene bucal con cepillos de cerdas suaves y, si el odontólogo lo indica, usar colutorios específicos o geles tópicos que forman una película protectora sobre la úlcera. Nada de automedicarse con antibióticos ni con corticoides de venta libre: el alivio aparente puede tapar un problema mayor.
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