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Cuando el avión se vuelve una jaula antes de despegar: claves para desarmar el miedo a volar, según un neurólogo

Conrado Estol repasó por qué la ansiedad muchas veces arranca mucho antes del embarque, qué pasa con las turbulencias cuando el cielo está despejado y por qué el alcohol no ayuda. Una guía para entender el temor y dejar que no termine saboteando las vacaciones.

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Ludmila FerreyraSociedad · 23 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Les confieso algo antes de arrancar: cada vez que tengo que subir a un avión, la garganta se me seca en el remise que me lleva a Aeroparque, no cuando las ruedas despegan. Esa sensación incómoda, que a muchas personas les empieza en el control de pasaportes o en la fila para el check-in, fue justamente el punto de partida del análisis que el neurólogo Conrado Estol, de 65 años y residente en Buenos Aires, compartió esta semana sobre el miedo a volar. Y me pareció una puerta útil para entrar a un tema que, según se ve en cualquier conversación de café, tiene a más de uno de nosotros cruzando los dedos cuando aparece la turbulencia.

La idea central que dejó el médico es simple de decir y difícil de aplicar: conocer las estadísticas de seguridad aérea no garantiza que el cuerpo no reaccione como si estuviera en peligro. Esa distancia entre lo que se sabe y lo que se siente es, para Estol, el corazón del problema. Lo que me quedó resonando es que, en muchos casos, la anticipación del viaje pesa tanto como el viaje mismo.

El ejercicio de mirar el cielo desde la pantalla

Una de las propuestas más concretas que dejó el especialista fue abrir una aplicación de seguimiento de vuelos, como Flightradar24, y observar cuántos aviones están circulando al mismo tiempo sobre distintas partes del mundo. La idea es ponerle dimensión visual a algo que solemos tratar como excepcional. Cuando uno ve cientos de puntos moviéndose en un mapa, el vuelo propio deja de ser unarareza y pasa a ser un trámite más dentro de un sistema enorme que funciona todos los días. Me imagino esa escena y me parece un buen antídoto contra la idea de que el avión en el que uno viaja es, de algún modo, el protagonista de una tragedia.

Turbulencias: cuando el cielo está despejado y el estómago no

Hay un dato que a mí, personalmente, me ordenó la cabeza: las turbulencias no necesitan nubes ni tormenta para aparecer. El propio Estol explicó que los movimientos del avión pueden sentirse aunque desde la ventanilla se vea un cielo impecable. La distinción que hizo es útil para dejar de buscar un culpable visual: una cosa son las turbulencias asociadas a fenómenos meteorológicos y otra, muy distinta, las que aparecen en aire claro por cambios en las corrientes a gran altura.

A eso le sumó otro punto que parece obvio pero que uno rara vez tiene presente mientras se aferra al apoyabrazos: los episodios fuertes suelen durar segundos o, como mucho, unos pocos minutos. Lo que los hace eternos es la expectativa, porque quien los atraviesa suele imaginar que van a extenderse durante horas. Como comparación, el médico propuso prestar atención a los movimientos que se toleran sin drama al viajar en tren o en colectivo por rutas con pozos. La desproporción, dice Estol, está más en la cabeza que en el avión.

Tormentas, pilotos y el alcohol que no ayuda

  • En caso de tormenta, los pilotos cuentan con herramientas específicas para identificar el fenómeno y modificar el recorrido antes de llegar a la zona más severa, según describió Estol.
  • Los protocolos de cabina apuntan a reducir distracciones durante la operación, lo que incluye ciertas consignas clásicas que muchos pasajeros conocen de memoria pero que conviene repasar.
  • El neurólogo desaconsejó expresamente el uso de alcohol para sobrellevar el vuelo: advirtió que puede provocar insomnio y deshidratación, dos factores que suelen empeorar la ansiedad al día siguiente.

La pregunta que me queda dando vueltas, y que les traslado a ustedes, es la del final: qué parte de viajar en avión les genera más inquietud. A mí, se los admito, me gana la cola para sacar el boarding pass. Mañana, antes de que termine el día, pienso abrir esa aplicación de seguimiento de vuelos y mirar cuántos aviones siguen en el aire mientras escribo esta nota, a ver si me ayuda a sacarme de encima esa costumbre de despedirme de todos como si fuera la última vez. Lo que me llevo de la charla con Estol es que el miedo a volar no se derrota con voluntad, sino con información puesta en su lugar: el avión, el cielo y uno mismo, cada uno en su escala correspondiente.

LF
Ludmila FerreyraSociedad

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