Cuando el rencor se queda: la cuenta que el cuerpo paga en silencio durante años
Guardar una ofensa sin procesarla no es solo una carga emocional: tiene consecuencias físicas concretas que se acumulan con los años. Presión alta, insomnio, inflamación y fatiga forman parte de una factura que el organismo termina abonando aunque la cabeza insista en volver, una y otra vez, sobre lo mismo.

Hay algo que mucha gente reconoce en voz baja pero casi nadie dice en público: que lleva años –a veces décadas– dándole vueltas a la misma ofensa. Un compañero de trabajo que se llevó el mérito ajeno, una traición familiar, una pareja que cortó sin dar explicaciones. La bronca puntual se va; el rencor, en cambio, se instala. Y lo que pocos sospechan es que el cuerpo lo registra como si la amenaza siguiera siendo real, acá y ahora, en este mismo momento.
El psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, lo resume con una imagen que golpea: "el cuerpo que paga la factura es siempre el propio". No hay una enfermedad específica atribuible al rencor, aclara el profesional, pero sí hay mecanismos fisiológicos que quedan encendidos de manera sostenida, como una luz de alarma que nadie apagó.
Lo que se enciende por dentro
Lo que se enciende por dentro
El primer termómetro que se descompensa es el cardiovascular. El rencor mantenido en el tiempo eleva la presión arterial de forma crónica y acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo, porque el cerebro no logra distinguir entre un peligro real y un recuerdo que vuelve en bucle. Ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria, sin que haya un esfuerzo físico que lo justifique.
- Presión arterial elevada de manera crónica y frecuencia cardíaca acelerada en reposo.
- Cortisol alto durante más tiempo del necesario: altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina.
- Defensas bajas: el sistema inmunológico, exigido de continuo, deja pasar infecciones con mayor facilidad y sostiene una inflamación silenciosa.
- Tensión muscular que no se afloja con el descanso, sobre todo en cuello, mandíbula y espalda, fuente habitual de cefaleas tensionales.
- Malestar digestivo, porque el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional.
A diferencia de la bronca del momento –que aparece con fuerza y se disipa–, el rencor implica volver mentalmente sobre el agravio una y otra vez, con una carga que no baja con el tiempo. El cortisol, la hormona del estrés, se queda alto más de la cuenta; el sueño se fragmenta, el metabolismo se desordena y el cansancio empieza a explicarse menos por el esfuerzo físico y más por el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve.
Marta tiene 52 años, vive en La Plata y trabaja en la administración de un sanatorio privado. Lleva once años sin hablarse con su hermana mayor, después de una discusión por la herencia de los padres. No se trata de una pelea reciente: cada tanto, sobre todo en fechas como la del Día de la Madre, la escena vuelve sola a su cabeza y la mandíbula se le tensa sin que pueda evitarlo. Cuenta que empezó con cefaleas que le duraban dos o tres días, después con presión arterial que el cardiólogo no lograba estabilizar del todo, y por último con un colon irritable que la despierta a las cuatro de la madrugada. "Yo decía que era el trabajo –admite–, hasta que un día entendí que el problema no estaba en la oficina sino en una historia que no me sacaba de la cabeza".
La fatiga que produce el rencor no se explica por el esfuerzo físico, coinciden los especialistas consultados. Es el agotamiento de mantener encendido, durante meses o años, un sistema de alarma que el organismo pensó para y que, sin una salida emocional, termina drenando energía a un costo que el cuerpo –tarde o temprano—elpa empezar a cobrar.
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