Dientes que se van, cabeza que se nubla: lo que una revisión reciente encontró en adultos mayores
Perder más de una pieza dentales después de los sesenta aparece asociada a un salto importante en el riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Una guía de Harvard repasa qué revisar en la boca y cuándo golpear la puerta del odontólogo.

Cada tanto aparece una noticia que obliga a mirarnos la boca con otro cuidado. Esta vez fue una revisión publicada en la revista JAMDA que juntó catorce estudios sobre adultos mayores y concluyó algo que, contado así, suena a golpe bajo: perder más de un diente en la adultez mayor se asocia con cerca de un cincuenta por ciento más de riesgo de deterioro cognitivo y con un veintiocho por ciento más de probabilidades de terminar con un diagnóstico de demencia. Lo aclararon los propios autores y vale la pena repetirlo: hablamos de una asociación estadística, no de una relación de causa y efecto comprobada. En el medio se cuelan la inflamación prolongada de las encías, la alimentación, las enfermedades previas y el acceso —muchas veces complicado— a una atención odontológica regular.
Cuando la encía se inflama, el resto del cuerpo toma nota
La gingivitis, esa inflamación de encías que muchos arrastran sin darle mayor importancia, aparece en distintos trabajos vinculada con enfermedades cardiovasculares, pulmonares, con obstrucciones en los vasos sanguíneos y hasta con accidentes cerebrovasculares. Tampoco en estos casos se pudo establecer una causalidad directa, pero la acumulación de estudios empieza a justificar que el control odontológico se incorpore al seguimiento médico de rutina, sobre todo después de los sesenta.
El problema es lo que pasa cuando esa gingivitis no recibe tratamiento: la inflamación avanza hacia los tejidos que sostienen los dientes y termina en periodontitis, que en sus formas más avanzadas provoca la pérdida de piezas dentales. Y ahí empieza otra película, porque la falta de dientes no es solo un tema estético: hay personas que dejan de conversar, de sonreír o de ir a reuniones por la incomodidad que les genera la propia dentadura, y ese retraimiento se suma al aislamiento que suele acompañar a la vejez.
- Sensibilidad dental: aparece cuando las encías se retraen y dejan expuesta parte de la raíz, o cuando hay bruxismo —el hábito de apretar o rechinar los dientes, sobre todo de noche—. Una férula nocturna puede ayudar a bajar la presión sobre las piezas, aunque siempre conviene que un profesional descarte que el origen sea otro y requiera un tratamiento distinto.
- Boca seca: se produce cuando disminuye la saliva y complica masticar, tragar, hablar y hasta percibir los sabores. Es un efecto secundario habitual de varios medicamentos y puede aparecer asociada a diabetes, accidentes cerebrovasculares, alzhéimer y algunas enfermedades que afectan el sistema inmune.
Lo que recomienda Harvard y qué hacer mañana
La guía de Harvard Health Publishing que recoge el material pone el acento en los hábitos cotidianos: una buena higiene bucal, controles periódicos con el odontólogo y no naturalizar molestias que se vuelven crónicas, como la sensibilidad o la boca seca, que muchas veces tienen solución o, al menos, se pueden atenuar. La invitación, en definitiva, es a no separar la salud bucal del resto de la salud: cuando la encía se enferma, algo le está hablando al resto del cuerpo, y conviene prestarle atención antes de que la conversación se vuelva irreversible.
“Perder un diente después de los sesenta puede ser la señal de algo más grande que un tema estético; revisarlo a tiempo con el odontólogo es una forma concreta de cuidar la cabeza.”Ludmila Ferreyra, Sociedad
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