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Dormir, caminar y soltar el teléfono: los hábitos cotidianos que pueden proteger la memoria

Especialistas consultados por distintos medios coinciden en que descansar entre siete y ocho horas, ejercitarse con regularidad y reducir las interrupciones digitales son medidas simples que pueden marcar una diferencia en el funcionamiento cerebral.

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Ludmila FerreyraSociedad · 27 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Lo confieso: durante años viví con el celular pegado a la mano, saltando del chat de la familia al mail del trabajo sin respirar, convencida de que así rendía más. Por eso me llamó la atención lo que dicen los especialistas: esa manera de funcionar a los saltos no es sinónimo de productividad, sino un desgaste para el cerebro, y especialmente para la memoria. Organizar el día con menos interrupciones aparece como uno de los primeros pasos sugeridos por los profesionales para cuidarla, y la idea es tan concreta como revisar mensajes solo en horarios definidos o dejar el teléfono en otra habitación mientras se hace otra cosa.

Menos cambios de foco, menos olvidos

Gary W. Small, director de terapias innovadoras de salud conductual de Hackensack Meridian Health, explicó que cuando una persona lee un mensaje mientras habla con alguien o responde un correo, el cerebro se ve obligado a alternar permanentemente entre tareas. Esa alternancia, sostuvo, no solo aumenta los errores sino que además genera un nivel de estrés que puede perjudicar la memoria de corto plazo. La recomendación pasa por decisiones simples: sacar el teléfono del escritorio mientras se trabaja, reservar bloques específicos para la mensajería y agrupar los trámites administrativos en un mismo momento del día, en lugar de picotear entre ellos.

Sara Mednick, profesora de Ciencias Cognitivas de la Universidad de California en Irvine, sumó un consejo que parece de otra época: cuando uno no recuerda el nombre de alguien, conviene hacer el esfuerzo de buscarlo en la memoria antes de salir corriendo a chequearlo en el celular. Según Mednick, ese intento activa zonas como el hipocampo y la corteza prefrontal, dos regiones clave para almacenar y recuperar información. La idea no es evitar la tecnología, sino usarla como último recurso y dejarle al cerebro algo de trabajo.

Dormir bien: la base de todo

El descanso aparece en todas las recomendaciones como un pilar ineludible. Mientras dormimos, el cerebro se ocupa de ordenar y consolidar lo aprendido durante el día. Por eso los especialistas insisten con la pauta de dormir entre siete y ocho horas, una franja que suele quedar en el papel cuando se acumulan las jornadas extensas. Mednick agregó un dato que a muchos les va a sonar a alivio: una siesta de alrededor de 30 minutos puede contribuir a fijar información, funcionando como un complemento del sueño nocturno y no como un reemplazo.

El cuerpo en movimiento también entrena la cabeza

El ejercicio físico no solo hace bien al corazón: también impacta de manera directa en el funcionamiento cerebral. Small explicó que moverse aumenta el aporte de oxígeno y de nutrientes al cerebro y favorece la producción de proteínas involucradas en la comunicación entre las neuronas. Una investigación de la Universidad de Illinois acompañó durante un año a 120 personas de entre 55 y 80 años: quienes caminaron a buen paso durante 40 minutos, tres veces por semana, terminaron con un hipocampo un 2 por ciento más grande que aquellos que hicieron solamente estiramientos y tonificación. La diferencia parece chica en el papel, pero en el cerebro puede ser significativa.

Comer, conversar y aprender: el resto del rompecabezas

  • Alimentación: los especialistas destacan el patrón MIND, que combina aspectos de las dietas mediterránea y DASH e incluye cereales integrales, vegetales de hoja y pescados grasos, como aliados del cuidado de la atención y de la capacidad de almacenar recuerdos.
  • Vínculos sociales: compartir encuentros y conversaciones exige escuchar, interpretar y recuperar experiencias, un ejercicio cotidiano para la memoria.
  • Aprendizaje: tocar un instrumento o estudiar un idioma obliga a recordar y sostener la atención, y suma un estímulo extra al funcionamiento cerebral.

Mañana, cuando suene la alarma, voy a probar algo distinto: dejar el teléfono en la cocina hasta terminar la primera tarea del día, salir a caminar cuarenta minutos y, si me olvido un nombre, quedarme unos segundos en silencio antes de buscarlo en la pantalla. Son ajustes mínimos, casi íntimos, pero los especialistas coinciden en que repetidos con constancia pueden ser una manera razonable de cuidar la memoria sin necesidad de grandes revoluciones.

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Ludmila FerreyraSociedad

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