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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Dos pueblos fantasmas de Burgos se convierten en escenario de la memoria de la Guerra Civil

Los directores de "La bola negra" eligieron Castil de Carrias y Loranquillo, aldeas deshabitadas de la provincia de Burgos, para rodar las secuencias históricas del filme. La productora Clara Salvador explicó que buscaban esa autenticidad que ningún decorado puede fabricar: edificios caídos, botellas todavía en los estantes y la huella de una vida que se fue sin terminar de cerrar la puerta.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
Dos pueblos fantasmas de Burgos se convierten en escenario de la memoria de la Guerra Civil

Salgo del auto, camino unos metros por lo que fue una calle y el sonido que me llega no es el de una ciudad ni el de un set de filmación con generadores rugiendo y técnicos gritando indicaciones, sino otra cosa: el viento que se cuela entre paredes que ya no tienen techo, el crujido de una puerta que ya no cierra del todo y, por momentos, ese silencio espeso que solo aparece cuando uno se para en un lugar donde la vida se interrumpió y nadie volvió a ordenarlo. Eso, cuentan los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi, es exactamente lo que fueron a buscar a la provincia de Burgos para las escenas de época de "La bola negra", la película centrada en la Guerra Civil que están terminando de rodar: un decorado que la historia real se construyó sola, con décadas de abandono, sin que nadie tuviera que pintar ni una sola pared.

Cuando uno se asoma a estos pueblos abandonados entiende rápido por qué un equipo de cine puede viajar horas para llegar hasta acá. La secuencia de la película pide edificios parcialmente destruidos y un aire general de pueblo golpeado, y construir todo eso desde cero en un estudio termina siendo más caro, más lento y, sobre todo, mucho menos creíble que pararse delante de una casa cuya ventana ya no tiene vidrio, cuya cocina todavía tiene una lata olvidada en la estantería y cuyo piso se ha llenado de yuyos que nadie arrancó porque no quedó nadie para arrancarlos.

El rodaje en Castil de Carrias y Loranquillo

La responsable de localizaciones, Clara Salvador, fue la encargada de recorrer la provincia hasta encontrar lo que la producción necesitaba. Su búsqueda terminó en Castil de Carrias, un antiguo núcleo rural situado a unos diez kilómetros de Belorado, con historia documentada desde al menos el siglo XII. A mediados del siglo XIX llegó a superar los 240 habitantes, pero el éxodo rural fue vaciando sus calles a lo largo del siglo XX: en 1950 todavía vivían allí 178 personas, en 1970 solo quedaban 59, y el pueblo sobrevivió en ese estado reducido hasta 1994, cuando murió Florentino González Sáez, considerado el último vecino. Hoy quedan en pie una antigua escuela, una taberna con botellas todavía visibles en los estantes, utensilios domésticos dispersos, vehículos oxidados y la iglesia de Santa María, con muestras evidentes de deterioro y expolio.

A pocos kilómetros está Loranquillo, otro núcleo despoblado que fue integrado al municipio de Belorado durante los años setenta y cuyos últimos habitantes se marcharon en la década de 1990. Los dos pueblos forman parte de una ruta de senderismo de 22 kilómetros que también incluye a Quintanilla, y durante el rodaje permanecieron cerrados al público para que el equipo pudiera trabajar sin interferencias.

Lo que los directores buscaban, según contaron, no era únicamente la imagen de las ruinas sino esa sensación casi incomodante de una vida interrumpida sin que nadie terminara de recoger sus cosas, una idea que tiene un peso específico dentro del relato que cuenta la película, atravesado por la memoria, la violencia y todo aquello que el tiempo se va llevando sin pedir permiso.

Qué resuelve rodar en un pueblo abandonado

  • Edificios parcialmente derruidos listos para cámara, sin necesidad de construir decorados ni de desmontarlos después.
  • Una capa de autenticidad que se ve y se siente: objetos cotidianos abandonados, vegetación crecida entre las piedras, estructuras deterioradas durante décadas.
  • Ahorro de tiempo y de presupuesto frente a la alternativa de levantar pueblos ficticios en un estudio.
  • Una atmósfera emocional difícil de fabricar: la huella de una comunidad que se fue y dejó sus cosas tal como estaban.
GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos

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