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Lunes, 12 de octubre de 2026
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El hombre que se negó a dejar morir al niño que llevaba adentro

A casi 35 años de su muerte, Jim Henson sigue siendo el titiritero que le enseñó al mundo que la ternura y el disparate podían convivir en la misma escena. Un recorrido por la filosofía de vida y de trabajo que dio forma a los Muppets, Barrio Sésamo y Fraggle Rock.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
El hombre que se negó a dejar morir al niño que llevaba adentro

Te confieso algo antes de arrancar: cada vez que escucho la voz de la rana Gustavo diciendo que no es fácil ser verde, me pasa lo mismo que cuando era chica y me sentaba frente al televisor a esperar que arrancara el programa. Algo se acomoda por dentro, como si alguien me recordara que no todo tiene que ser tan serio, tan cuadrado, tan de adultos con cara de pocos amigos. Eso, justamente eso, fue lo que Jim Henson entendió mejor que nadie: que la gente más sofisticada que uno conoce son, en el fondo, todos niños por dentro. Y que a ese niño nunca hay que dejarlo morir, por más que pasen los años, los fracasos y las modas televisivas que van y vienen.

Henson se subió por primera vez a un escenario con un títere en la mano a los 17 años, en un programa infantil que duró exactamente tres semanas en el aire antes de ser levantado por la cadena. Cualquier otro habría tomado ese debut como una señal de que el mundo del espectáculo le estaba diciendo que no. Henson, en cambio, hizo lo que suelen hacer los que terminan cambiando la historia: tomó nota, entendió qué había fallado y siguió. Junto a Jane Nebel, quien después sería su esposa, construyó Sam and Friends, un show de bajo presupuesto que se emitió a fines de los años cincuenta y que funcionó como campo de, como esa primera servilleta donde uno empieza a dibujar lo que después va a ser una obra maestra. Ahí nacieron muchos de los trucos, los tiempos cómicos y los personajes que después poblarían la galaxia entera de los Muppets.

Un lenguaje propio, hecho a fuerza de romper las reglas

Lo que vino después fue considerable, pero lo más interesante no es la cantidad de títulos sino la manera en que Henson se empecinó en no hacer lo que se suponía que había que hacer. En el mundo del títere existían reglas no escritas: los muñecos tenían que ser bonitos, tenían que mirar siempre a la cámara, tenían que comportarse como niños obedientes que nunca le faltaran el respeto al público. Henson rompió todas esas reglas una por una. Probó con espacios distintos, con cámaras que se movían como si fueran parte del escenario, con personajes que miraban a la nada, que se contradecían, que decían cosas que no tenían ningún sentido lógico y que, justamente por eso, terminaban teniendo todo el sentido del mundo. De ese laboratorio salieron la rana Gustavo, la Cerdita Peggy, el oso Fozzie y tantos otros que dejaron de ser títeres para convertirse en gente, en amigos de la casa, en parte de la familia.

“Los personajes más interesantes que he creado tienen una fijación o un rasgo que podés exagerar. En lo que exagerás, se vuelve divertido y la gente ve ese rasgo en sí mismos.”Jim Henson

Esa idea, que Henson repitió hasta el cansancio en cada entrevista que dio, es la clave de todo. No se trataba de hacer reír por hacer reír, ni de buscar el gag fácil que se olvida a los cinco minutos. Se trataba de tomar algo reconocible, algo que todos llevamos encima (la vanidad, la melancolía, la envidia, el miedo a no ser suficiente) y estirarlo hasta el ridículo para que la gente pudiera mirarlo desde afuera y, de paso, mirarse a sí misma con un poco más de compasión. Es lo que él llamaba el absurdo, y lo definía con una precisión notable: absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca. Nada más y nada menos.

En mayo de 1990, a los 53 años, Henson murió a causa de un choque tóxico originado por una infección bacteriana. Se fue en plena actividad, con proyectos en carpeta y con toda la energía intacta de alguien que seguía sintiéndose un niño con un títere en la mano. Lo que dejó es difícil de medir: los Muppets, Barrio Sésamo, Fraggle Rock, un puñado de largometrajes entrañables y, sobre todo, una manera de entender la relación entre el humor y la ternura que todavía hoy sigue sin tener un equivalente exacto en la pantalla. La pregunta que queda dando vueltas, y que a mí me parece cada vez más urgente, es si la televisión actual todavía tiene lugar para esa combinación tan particular de disparate y corazón, o si el formato que Henson construyó con tanto esfuerzo ya pertenece a una época que no va a volver.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos

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