«Fackham Hall»: cuando el té de las cinco se sirve con un muerto y un carterista
La comedia británica dirigida por Jim O'Hanlon y escrita, entre otros, por Jimmy Carr se ríe de los aristócratas con romance, misterio y una cantidad obscena de tazas de porcelana.

Lo primero que se escucha en la sala es ese tintineo finísimo de la porcelana, el reloj de péndulo que marca las cinco de la tarde y, apenas un segundo después, un grito. No es un grito dramático al estilo de las novelas de Agatha Christie: es el grito contenido de una doncella que acaba de descubrir un cuerpo en el salón principal. Ahí nomás, antes de que baje el telón inicial, queda claro que Un muerto a la hora del té, que en su idioma original se llama Fackham Hall, no viene a honrar los dramas de época con cara solemne, sino a reírse de ellos hasta que les duela.
La película, dirigida por Jim O'Hanlon —el mismo realizador de la adaptación de Emma de 2009— y con el humorista Jimmy Carr como parte del equipo de guionistas, es una comedia británica de 97 minutos que toma los modos del llamado period drama, esa etiqueta que en la televisión y el cine de habla inglesa engloba a ficciones ambientadas en siglos pasados con vestuario impecable y vajilla de plata, y los pone cabeza abajo. Lo que en Downton Abbey es contención, protocolo y mirada reverencial, acá se vuelve gag, juego de palabras y situación cada vez más ridícula.
Una boda que se cae y empieza todo
El motor del enredo es, como tantas veces en estas historias, una boda. La novia se llama Poppy Davenport, la interpreta Emma Laird, y está a punto de casarse con su propio primo Archibald, a quien pone cuerpo y algo de mala leche Tom Felton. El problema, claro, no es la logística del convite: es que Poppy ama a otro hombre, alguien de una posición social muy inferior a la suya. Cuando el casamiento se frustra, la familia no se toma un tiempo para digerir el papelón: directamente gira la mirada hacia la hermana menor, Rose, a quien Thomasin McKenzie le imprime esa mezcla de dulzura y tozudez que parece obligatoria en las heroínas de estos relatos.
Rose también tiene su propio inconveniente romántico: se enamora de Eric Noone, interpretado por Ben Radcliffe. Eric no es un invitado, ni siquiera un pretendiente con pedigree. Es un carterista que llega a la mansión de los Davenport con la misión bastante específica de entregar una carta, un trabajo por encargo, digamos, y que termina quedándose sin mensaje pero con un puesto dentro del servicio doméstico. Esa puerta que se abre entre el personal y la familia es, básicamente, la grieta por donde se cuela todo el resto del disparate.
El detective, el muerto y el fantasma de Poirot
Porque, claro, en algún momento tiene que aparecer un cadáver. Y también un investigador. El detective Watt, al que Tom Goodman-Hill le pone bigotes, modales afectados y una cantidad obscena de orden y método, es una caricatura explícita de Hércules Poirot, el personaje creado por Agatha Christie. La película no se molesta en disimular la referencia: la toma y la estira hasta el chiste. El detective recorre los mismos pasillos por donde circulan los romances prohibidos y los chismes de la servidumbre, y cada vez que se cruza con un mayordomo o con una doncella, deja caer una observación tan puntillosa que termina siendo cómica.
El muerto, por supuesto, no se cuenta acá para no spoilearle la función a nadie, pero sí vale la pena decir que la película usa el misterio como excusa para que los personajes se vean obligados a compartir espacio, a conversar de más y, sobre todo, a confesarse cosas que en cualquier otra ficción de época se guardarían bajo siete llaves.
De qué se ríe exactamente Fackham Hall
Si hay algo que la película entiende muy bien, y que en la sala funciona con risa cómplice, es que los dramas de época suelen apoyarse en una serie de reglas no escritas que dan para la sátira. La propuesta de O'Hanlon y de los guionistas —entre los que está Carr— apunta directo a varias de esas convenciones:
- Los casamientos arreglados entre parientes, pensados sobre todo para mantener el patrimonio y el apellido dentro de un mismo círculo reducido, son el blanco principal. La película los presenta con la solemnidad de un asunto de Estado y, a la vez, con la ridiculez que, visto desde hoy, tienen.
- La relación entre patrones y empleados, con sus jerarquías minuciosas y sus lenguajes codificados, se lleva buena parte de los mejores gag físicos. La cámara se detiene en la forma en que se sirve el té, en cómo se dobla una servilleta y en los pasillos por donde el servicio se cruza con los señores sin cruzarse nunca del todo.
- Las formalidades de la aristocracia británica —las reverencias, los títulos, las preguntas sobre el clima que en realidad son pedidos de opinión sobre la familia real— se exageran hasta convertirlas en coreografías absurdas.
- Y por último, aunque no menos importante, la convicción de que en una casa grande siempre hay un pasadizo secreto, un reloj con doble fondo y, por supuesto, un muerto esperando el momento justo para aparecer.
El resultado, al menos en la función que me tocó, es una comedia que se toma en serio su propio tono liviano. No pretende ser la parodia definitiva del género ni una declaración de principios sobre la clase alta británica, y creo que ahí está parte de su charme. Juega, se ríe, deja que el público se ría con ella, y cuando termina uno tiene la sensación de haber pasado un rato agradable en una casa que, por un rato, fue un poco menos seria de lo que pretende ser.
Si te gustan las ficciones de época, esta es la manera de verlas sin tener que mantener la compostura durante dos horas. Y si no te gustan, también: Fackham Hall se encarga de mostrarte por qué, a veces, está bueno que se caigan un poco de su propio pedestal.
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