Fito Páez, el público parado y la lección de convivencia en un Polideportivo colmado

Lo que en Mar del Plata empezó como una noche cualquiera de las tantas que Fito Páez regala sobre el escenario terminó transformándose, en cuestión de minutos, en una de esas postales que definen a un artista: el micrófono en la mano, la mirada clavada en un sector del Polideportivo Islas Malvinas y una frase que cortó la música de cuajo. “No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente”, dijo, y pidió al público que no se dejara avasallar. La escena, según reconstruí a partir del relato de la producción, resume una discusión que va mucho más allá de un show puntual: cómo convivimos con el otro cuando hay localidades numeradas, filas asignadas y la sana costumbre de querer bailar parados hasta que el cuerpo (o la butaca) diga basta.
Para entender lo que pasó hay que saber primero cómo estaba armado el operativo. El Polideportivo se dividió en zonas con precios distintos y con sectores cercanos al escenario reservados para quienes pagaron esas ubicaciones. La instrucción que la producción le dio al personal de seguridad era clara en lo conceptual: impedir que alguien dejara su localidad para invadir filas más próximas al artista. Hasta ahí, una lógica elemental de respeto por el que pagó más. La idea, claro, era que cada espectador pudiera levantarse, cantar, saltar y entregarse a la música en el lugar que le había tocado, sin pisar el espacio ajeno.
Cuando la indicación se interpretó mal
El problema, como tantas veces sucede, estuvo en la interpretación. La producción reconoce que parte del personal entendió que la orden era pedirle a la gente que se quedara sentada, en lugar de controlar los avances hacia localidades ajenas. Es decir, se pasó de cuidar la ubicación de cada uno a restringir el derecho más elemental del que compra una entrada: pararse y bailar. Fito, que va por su tercer década de escenarios, lo vio y no se calló. “Exploté y no me arrepiento de una sola palabra que dije con la adrenalina en sangre”, escribió después en sus redes, donde además aclaró que la empresa de seguridad cuestionada no había sido contratada por sus representantes.
“No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente.”Fito Páez, durante el recital
Las dos campanas que llegaron a la producción
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Después del show, la producción recibió mensajes cruzados, de los que sirven para ilustrar lo difícil que es organizar una noche con miles de personas y localidades numeradas: por un lado, asistentes que se quejaron por la reacción del músico y la interrupción; por el otro, quienes pidieron que se respeten los asientos pagados y cuestionaron a los que avanzaban desde filas posteriores hacia sectores que no les correspondían.
La pregunta que sobrevuela la noche
Si me paro en mi butaca, nadie tiene nada que decirme. Si avanzo hacia una localidad que no es la mía, tampoco tengo derecho a quejarme si me vuelven a mi lugar. Esa es, en el fondo, la regla simple que se choca con la noche, la música, las yunas ganas de estar lo más cerca posible del escenario y un operativo que, en Mar del Plata, no terminó de funcionar como debía. Fito lo dijo a su manera, con la guitarra colgada y la bronca al hombro. La producción lo reconoció y corrigió indicaciones en vivo. Y la pregunta sobrevuela, inevitable, hasta el próximo recital: cómo organizamos al público para que nadie se sienta ni policía ni avasallado, y para que todos, los de adelante y los de atrás, puedan irse a casa con la misma sensación que dejó el artista cuando arrancó a tocar: la de que la música, antes que nada, se disfruta de pie.
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