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Jueves, 1 de octubre de 2026
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Florentino Fernández y Pepe Navarro vuelven a cruzarse en un documental sobre el juicio que partió al «Chiquito» que nunca fue

La película recupera la pelea judicial entre Chiquito de la Calzada y el personaje Lucas Grijander, reconstruye su lenguaje de gestos y devuelve al centro de escena una pregunta incómoda: ¿dónde termina la imitación y empieza la usurpación?

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
Florentino Fernández y Pepe Navarro vuelven a cruzarse en un documental sobre el juicio que partió al «Chiquito» que nunca fue

Lo primero que se siente al sentarse frente a la pantalla es ese murmullo típico de los programas de archivo, ese zumbido de cinta magnetofónica que parece venir de un VHS que alguien destapó después de treinta inviernos. Esa misma textura baja entra también al documental «El otro Chiquito», que se propone revisar una historia que muchos creían saldada y que, por lo visto, sigue dando tela para cortar. Yo lo vi hace unos días y todavía me anda dando vueltas una idea bastante simple, y a la vez bastante jodida: hasta qué punto el humor puede ser propiedad de alguien.

La película parte de un conflicto conocido por quienes siguieron la televisión española de los años noventa, pero que para el público rioplatense puede sonar más lejano. Lucas Grijander fue un personaje que Florentino Fernández interpretaba en el programa «Esta noche cruzamos el Mississippi», y que tomaba como materia prima, justamente, el repertorio de gestos, palabras y movimientos de Chiquito de la Calzada. Ese cruce entre un humorista consagrado y un personaje nacido a su sombra terminó en un juicio, y el documental vuelve sobre ese expediente con la paciencia de quien sabe que el papel esconde una historia mucho más grande.

Un recorrido que empieza mucho antes del juicio

La narración no arranca en el juzgado. Antes de llegar a los alegatos, el filme se toma su tiempo para contar quién fue Chiquito de la Calzada, cómo pasó de los escenarios chicos a los grandes estudios, y de qué manera su manera de hablar, sus manos y sus chistes se fueron convirtiendo en un lenguaje que el público reconocía al instante. Esa parte, a mí particularmente, me reconcilió con un montón de imágenes que tenía archivadas en la memoria sin demasiado orden, y me sirvió para entender por qué su figura se volvió tan difícil de imitar sin que la imitación quedara a la vista.

En el medio aparece Lucas Grijander, un personaje que vendió productos, giró por España con el grupo «Lucas y sus janders» y funcionó como una versión que algunos sintieron como homenaje y otros como una copia demasiado conveniente. La película deja que esa ambigüedad quede flotando, sin resolverla de manera rápida, y ahí está parte de su mérito: no viene a dictar sentencia, sino a mostrar cómo se fue armando un personaje que, en el fondo, le debe bastante a otro.

Voces que arman el mapa del caso

  • Florentino Fernández, que vuelve sobre Lucas Grijander y cuenta cómo se construyó ese personaje dentro del programa «Esta noche cruzamos el Mississippi».
  • Pepe Navarro, que suma su lectura desde el lado del ciclo que emitió al personaje y aporta contexto del detrás de escena.
  • Manuel Jabois, Ramón García y Juan y Medio, que acercan análisis del ambiente televisivo y recuerdos de la época.
  • Celia Villalobos y Mario Conde, cuyos testimonios se suman al mosaico de voces que la película reúne para repensar el conflicto.
“La imitación humorística, la construcción de una identidad artística y el uso comercial de rasgos que el público reconoce”Eje del documental «El otro Chiquito»

A esos testimonios se suman las recreaciones, que funcionan como pequeñas escenas a la manera de clásico documental de archivo, y que ayudan a meterse en el clima de las grabaciones y de los pasillos de los canales. Para mí, que llegué al documental sin haber seguido el caso en su momento, esa mezcla entre archivo, ficción y entrevista terminó funcionando como una clase bastante concreta sobre cómo se fabrican los personajes de la televisión, y sobre lo delicado que es trazar la línea entre el homenaje, la parodia y el negocio.

La idea original está firmada por él, Diego San José, y se nota que el enfoque no va por el lado del escándalo fácil ni por el del juicio como espectáculo. Va, más bien, por entender un fenómeno: cómo un humorista puede volverse tan grande que cualquier gesto que se le parezca deja de ser un chiste y empieza a ser otra cosa. Y esa pregunta, lejos de quedarse en los años noventa, sigue interpelando a cualquier creador que hoy se pregunte de quién es, en definitiva, la risa que provoca.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos

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