La despedida del diez se destapó con un zapatazo del General: Argentina 1-0 Benín, parcial y con el Monumental en silencio
Otamendi conectó de derecha un centro de Messi y la selección se va al descanso con la ventaja mínima, en una noche que arrancó con emoción y se acomodó con fútbol en el complemento.

Mirá, lo confieso: cuando arranqué a ver el partido me preparé para la emoción. Y un poco me cebaron. La ceremonia previa, los fuegos artificiales, la gigantografía con la diez, los hijos de Messi entrando con la pelota del partido. Todo muy lindo, todo muy a tono con una despedida que el diez se merecía y que el Monumental, claro, festejó como si fuera su propio cumpleaños. Pero después la pelota empezó a rodar, y el equipo africano, Benín, resultó ser un poco más incómodo de lo que el guión proponía.
Porque durante la primera media hora, el cero a cero se justificaba más por el atrevimiento de los africanos que por la inspiración de la Scaloneta. El Dibu Martínez tuvo que aparecer, no sé, una, dos veces. Olaïtan y Ouorou llegaron con espacios que no suelen regalarse en un amistoso así. Y al fondo, Tosin se comió una situación clarísima que nos hizo acordar, por un instante, a esos partidos donde te preguntás a qué juega el visitante.
Messi tuvo las suyas, obvio. Un tiro libre que Dandjinou mandó al córner con una volada bárbara, un zurdazo a la carrera que se le fue largo después de un centro bárbaro de Rodrigo De Paul, y un remate desviado con la marca encima. También Julián Álvarez se animó, gambeteó, encaró al arquero, pero el uno de Benín le dijo que no. Como si el partido pidiera algo más.
Lo que se escuchó (y lo que no)
A los diez minutos, el árbitro frenó la pelota, se paró el mundo y la cancha se llenó de aplausos. El Diez levantó los brazos, miró al cielo, se acomodó la camiseta. La ovación fue de esas que te erizan, y no lo digo por exagerar: hacía rato que no se sentía un silencio-con-emoción tan grande en la cancha. Después, el juego siguió, como si el fútbol decidiera no aflojar ni siquiera en la noche del homenaje.
- El gol: Otamendi, de derecha, tras un centro de Messi desde la izquierda. Definición de nueve viejo zorro, más allá de que él sea marcador central.
- La figura hasta el momento: el arquero Dandjinou, que le sacó al menos dos situaciones claras al local.
- El detalle humano: los hijos del Diez entrando a la cancha, y la presencia de campeones del mundo de distintas camadas mencionados por la voz del estadio.
- El show del entretiempo: Gaspar Benegas, con la música que le puso pausa al marcador antes del segundo tiempo.
El segundo tiempo arrancó con los mismos once que terminaron la primera etapa. Y a los pocos minutos, el centro. La que vino. Porque la que siempre viene en esta clase de noches es la de Messi: tiró el centro desde la izquierda, con la comba lenta, buscando esa área chica donde el marcador central ya está en modo nueve. Y el General Otamendi, que de pibe la rompía como zaguero y de grande la rompe como si fuera el nueve de toda la vida, le pegó de derecha, abajo, y la mandó a guardar.
Mirá, lo que más me gusta, lo confieso, es que en una noche pensada para un solo nombre, el gol lo hizo un tipo que lleva años bancando la parada, que gritó los mundiales como un hincha más y que se dio el gusto de facturar en el Monumental con la camiseta que más quiere. La que viene, ahora, es ver cómo sigue el partido, y después, la agenda: la siguiente fecha FIFA y el cierre formal del ciclo del Diez, con el fantasma de la pregunta sobre si esta noche de junio será, de verdad, la última.
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