La grasa del abdomen que no se va: por qué el cuerpo decide por su cuenta y qué sí funciona
Aunque se hagan abdominales y se coma mejor, el abdomen suele ser la última zona en responder. La clave está en cómo se combinan alimentación, movimiento y descanso, y por qué la espera forma parte del proceso.

Empiezo por una confesión que imagino compartida: uno separa la cena, se promete volver al gimnasio y, a los pocos días, la balanza se mueve doscientos gramos mientras que la panza sigue exactamente igual. Esa frustración tiene nombre fisiológico y no es culpa de la voluntad ni del espejo. El organismo no funciona como una manguera a la que uno le indica de dónde sale el agua: el cuerpo decide por su cuenta de qué reservas toma la grasa que necesita como energía, y el abdomen suele ser uno de los últimos destinos en ceder.
Antes de meternos en las cifras y los estudios, vale describir el terreno. En la zona del medio del cuerpo conviven dos tipos de tejido adiposo. El primero es el subcutáneo, el que está justo debajo de la piel y el que uno puede pellizcar con los dedos: es el más visible y el más estético en la cabeza de quien se mira al espejo. El segundo es el visceral, más profundo, el que rodea los órganos internos como un almohadón silencioso. Este último es el que más preocupa a los médicos, porque se asocia con riesgos cardiovasculares y metabólicos. Y, ojo, no siempre crecen juntos: uno puede tener poca grasa subcutánea y, aun así, acumular visceral por razones que no dependen del esfuerzo diario.
Por qué los abdominales no queman la panza
Los ejercicios localizados, esos que prometen un abdomen plano en treinta días, cumplen un rol claro: fortalecen el recto abdominal, mejoran la postura, dan tonicidad. Lo que no hacen es decirle al cuerpo de dónde sacar la grasa. Por eso es posible que alguien entrene con constancia y, a la vez, no vea bajar el volumen abdominal. La grasa y el músculo son tejidos distintos, con tiempos distintos y con reglas distintas. El músculo se trabaja y crece con carga; la grasa se reduce de manera global cuando el balance energético cambia.
Y acá aparece otro factor que a veces se pasa por alto: no todos los cuerpos responden igual. La edad, la carga genética y los patrones hormonales individuales hacen que dos personas con rutinas casi idénticas registren cambios muy distintos. Lo que para una es un mes de transformación, para otra puede ser un trimestre de espera silenciosa. Esa asimetría es biológica, no moral, y conviene tenerla presente antes de tirar la toalla o cambiar de dieta cada quince días.
Dormir mal también engorda la cintura
Hay un dato que me llamó la atención cuando lo leí y que vale la pena compartir. Un equipo de Mayo Clinicrestriction observó qué pasaba cuando a un grupo de adultos se le limitaban las horas de sueño. El resultado: el área adiposa total del abdomen creció un 9 por ciento y la grasa visceral, un 11 por ciento respecto de quienes descansaron bien. No se trata de un detalle menor: dormir poco no solo resta energía, también modifica las señales de hambre y saciedad y empuja a comer más, sobre todo alimentos ultraprocesados. Es decir, el descanso no es un premio al final del día: es parte del tratamiento.
Qué dice la evidencia cuando se combinan dieta y movimiento
Un trabajo publicado en JAMA Network Open siguió a más de siete mil adultos durante un promedio de siete años y dos meses. La conclusión es bastante directa: quienes mejoraron la calidad de la alimentación y, al mismo tiempo, aumentaron la actividad física fueron los que menos grasa visceral acumularon al final del seguimiento. El grupo con mayores mejoras conjuntas registró 149 gramos menos de grasa visceral que el resto. La palabra clave acá es al mismo tiempo: no es primero la dieta y después el gimnasio, ni al revés. Es la suma, hecha en paralelo y sostenida en el tiempo.
Entonces, si el espejo se vuelve un juez demasiado exigente, mejor cambiar la vara. La evolución de la fuerza, la continuidad de los hábitos y la circunferencia de cintura son mediciones más honestas del proceso. Verse más firme puede pasar antes que verse más flaco, y eso también es progreso.
Hablo con Silvina, 52 años, de Lanús, que hace ocho meses empezó a caminar cuarenta minutos por día y a controlar las porciones de cena sin contar calorías ni bajar aplicaciones. “No bajé cuatro talles, pero el pantalón me abrocha donde antes no me abrochaba, y eso para mí es un montón”, me dice. Mañana tiene turno con su médica clínica para un control de glucemia y colesterol: quiere llevarle el dato del centímetro de cintura, no el del espejo.
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