Jueves, 3 de septiembre de 2026
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La noche más larga de Anatolia: tres horas para encontrar un cuerpo que se niega a aparecer

Nuri Bilge Ceylan convierte una búsqueda policial por las estepas turcas en una experiencia agotadora y humana, disponible en Filmin, que obliga a repensar qué esperamos del cine de tensión.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos · 3 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Lo primero que escuché al sentarme frente a la pantalla fue el rumor de un motor viejo pidiendo prestado en plena estepa, ese zumbido grave que parece tragarse las horas antes de que arranque la película. Esa sensación, la de un vehículo que avanza sin certeza por la oscuridad turca, marca el pulso entero de Érase una vez en Anatolia, el film de Nuri Bilge Ceylan que vuelve a poner en discusión qué entendemos por ritmo en el cine. Son casi tres horas de película, y la historia que cuenta podría resumirse en un par de líneas, lo cual ya es toda una declaración de intenciones del director.

La premisa es casi minimalista y se presenta sin maquillaje: un fiscal, un médico forense y varios policías salen de noche con el asesino y su cómplice a recorrer las estepas de Anatolia buscando el cuerpo de un hombre que los dos sospechosos enterraron estando borrachos. Como ninguno de los dos recuerda el lugar exacto, la comitiva termina dando vueltas por caminos de tierra, campos abiertos y paradas en pueblos perdidos, mientras el alcohol se va bajando y la noche se estira como un cansancio que nadie sabe cómo cortar. Lo que sigue no es una carrera contra el reloj al estilo del thriller clásico, sino una sucesión de esperas, desvíos y conversaciones que, en apariencia, no llevan a ningún lado.

Un suspenso que se construye con conversaciones, no con plot twists

Ceylan, que ya se había ganado un lugar propio con títulos como Los climas y Érase una vez en Anatolia —que se llevó el Gran Premio del Jurado en Cannes—, es de esos directores que se toman su tiempo hasta el límite. En esta película no hay persecuciones, no hay villanos con cara de villano y no hay un giro final que cambie todo lo que vimos. La tensión, cuando aparece, viene de otro lado: de la pausa antes de responder una pregunta, de una frase dicha al pasar sobre un hijo muerto o un matrimonio roto, de una luz que asoma a lo lejos en el camino y termina siendo una casa abandonada donde lo único que queda es un pozo seco. La oscuridad del campo turco funciona menos como decorado y más como estado de ánimo, como una manera de decirnos que estos personajes están tan perdidos en la noche como en sus propias vidas.

  • La película dura casi tres horas y la mayoría transcurren de noche, en exteriores polvorientos, con los personajes subidos a camionetas o de pie bajo faroles amarillentos.
  • El motor del suspenso no son los giros de la trama sino las conversaciones triviales que, de a poco, van revelando fracasos personales, duelos viejos y mentiras que cada uno se cuenta a sí mismo.
  • La cámara se detiene en detalles que otros filmes cortarían sin piedad: un vaso servido con cuidado en medio del campo, una cara cansada iluminada por los faros, el momento exacto en que alguien deja de mirar al otro.
  • El desenlace no cierra el caso con un golpe de efecto, sino con la acumulación silenciosa de todo lo que se dijo —y de lo que no se dijo— durante la búsqueda.

Algo que me llevó un buen rato digerir como espectadora es que la angustia que arma Ceylan no es la del suspenso al uso, la que te hace agarrar el apoyabrazos. Es más parecida al agotamiento existencial que a la descarga de adrenalina. Los personajes conviven a diario con la muerte, con el crimen, con los cuerpos que hay que mirar de cerca, y van perdiendo, casi sin darse cuenta, la capacidad de mirarse entre sí. Hay un médico forense que cuenta historias para no dormir, un comisario que descree de todo, un fiscal al que se le nota la culpa en los silencios. Todos están hartos, aunque ninguno lo diga en voz alta. Esa humanidad rota, hecha de cansancio y de pequeñas renuncias, es lo que termina pesando más que cualquier hallazgo en la estepa.

La película se puede ver por estos días en la plataforma Filmin, lo que es una buena excusa para darle una oportunidad sin la presión de la sala. Vale la pena sentarse a verla con paciencia, dejarse llevar por su ritmo lento y aceptar que acá el premio no es el estallido final sino esa sensación de pensar en los personajes durante varios días después de los créditos. Si uno prefiere el thriller que lo mantiene al borde del asiento, probablemente va a sufrir. Si, en cambio, está dispuesto a dejarse atravesar por un cine que prefiere detenerse antes que acelerar, puede terminar encontrando una de las experiencias más honestas del cine contemporáneo.

“La oscuridad del campo turco funciona como un estado de ánimo más que como decorado.”Lectura de la película
GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos

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