La serie de Fincher que enseñó a mirar a los monstruos sin pestañear
Dos agentes del FBI, una psicóloga y un puñado de asesinos en serie que se prestaron a ser entrevistados en sus celdas. Lo que David Fincher armó con esa base sigue siendo, casi una década después, el thriller psicológico más inquietante del catálogo de Netflix.

Me acuerdo perfectamente de la primera vez que le di play a Mindhunter: era de noche, el living en penumbras y ese plano inicial del auto avanzando por una ruta cualquiera, con la música metiéndose despacio, como si la serie te estuviera pidiendo permiso antes de entrar a un lugar al que no se entra dos veces igual. Y así empieza todo, con esa sensación rara de que lo que estás por ver no se parece a nada de lo que circula por la plataforma.
La premisa es de esas que en cualquier otro contexto sonarían a trámite burocrático: dos agentes del FBI recorren Estados Unidos a finales de los años setenta para sentarse cara a cara con asesinos en serie convictos y tratar de entender cómo funciona la cabeza de alguien que mata por gusto. Holden Ford, el idealista que todavía cree que todo tiene una explicación racional, y Bill Tench, el veterano que vio demasiado y prefiere no revolver demasiado, van armando una especie de archivo oral del horror con la ayuda de Wendy Carr, una psicóloga que se suma al equipo para darle a ese trabajo algo de método.
La tensión no está en la sangre, está en la conversación
Acá viene lo que a mí me parece lo más remarkable de la serie, y lo que la separa de cualquier otro thriller criminal que puedas ver hoy: la violencia casi nunca aparece en pantalla, y sin embargo terminás mirando la televisión con el cuello rígido, aguantando la respiración. Fincher entendió que el verdadero terror de entrevistar a un asesino no está en lo que te puede hacer, sino en lo tranquilo que suena cuando te cuenta lo que hizo. Las escenas centrales son, en su mayoría, hombres y mujeres sentados en una sala sin ventanas, hablando. Y nada de eso es aburrido ni un segundo.
Los personajes que Ford y Tench, como decía un viejo artículo que tengo guardado, están basados en figuras reales, y Fincher los reconstruye con una paciencia de documentalista: Ed Kemper, el Hijo de Sam, Charles Manson y otros nombres que forman parte del folklore más oscuro de Norteamérica aparecen en la serie con un nivel de detalle que convierte cada entrevista en un duelo de ajedrez. Los actores que les ponen el cuerpo logran que un hombre sentado en una silla con las manos en el regazo resulte más amenazante que cualquier perseguidor con un arma en la mano.
- Mindhunter se ubica a finales de la década del setenta, cuando el perfilado criminal todavía era una idea sin nombre dentro del FBI.
- La serie cuenta con dos temporadas y un total de diecinueve episodios, suficientes para construir un arco cerrado.
- La tensión no surge de escenas de acción sino del peso del silencio y de la manera en que los asesinos eligen cada palabra.
- Varios de los criminales que aparecen están basados en personas reales, recreados con un nivel de detalle que vuelve incómoda cada escena.
- Anna Torv, como Wendy Carr, le da equilibrio al triángulo protagónico y suma una mirada más académica al trabajo de campo.
Hay un detalle que me parece justo rescatar y que para mí define el corazón de la serie: cuando Holden le dice a un entrevistado que quiere entender por qué hace lo que hace, no para absolverlo, sino para que la próxima vez que alguien como él salga a la ruta, la policía pueda detenerlo antes de que vuelva a matar. Esa idea, la de construir un mapa del mal para anticiparse a él, es la que sostiene toda la propuesta y la que la vuelve, todavía hoy, difícil de igualar. No conozco otra serie en el catálogo que se tome tan en serio la psicología de sus personajes sin descuidar la trama.
“Sentarse frente a un asesino que habla con calma sobre lo que hizo resulta, en manos de Fincher, más perturbador que cualquier escena de persecución.”Guadalupe Castro
Después hay un dato que siempre me llama la atención cuando se habla de Mindhunter, y es que se quedó en dos temporadas, con una tercera que nunca llegó a filmarse. A muchos espectadores les pesa eso, lo entiendo, pero lo cierto es que las dos temporadas existentes funcionan como un ciclo cerrado, con sus tiempos, sus silencios y sus conclusiones a tiempo. No es una serie a la que le falten capítulos, es una serie que eligió despedirse cuando todavía tenía algo que decir. Y esa manera de cerrar, a la antigua, sin estirar la historia más allá de lo necesario, es parte de lo que la hace quedar tan bien parada en el catálogo de Netflix. A los lectores que la vieron, les dejo la pregunta para cerrar: ¿qué otras series se acercan a ese equilibrio entre investigación de campo y profundidad psicológica que Fincher construyó acá? Me intriga saber qué títulos pondrían en la misma mesa.
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