Las cifras que se multiplican: cómo reconocer las señales que deja un joven antes del peor desenlace
Entre 2017 y 2025 los suicidios crecieron casi un 58 por ciento en la Argentina y ya son la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años. Una especialista del CAS de Buenos Aires explica qué observar, cómo preguntar y por qué nunca alcanza con un solo motivo.

Lo que empieza como un comentario al pasar en una mesa familiar, o como un cambio de humor que los padres no saben ubicar, puede ser el primer eslabón de una cadena que nadie quiere ver completa. En la Argentina, 5.209 personas murieron por suicidio en 2025, contra 3.304 que habían muerto por la misma razón en 2017. El salto, del 57,7 por ciento, pone al suicidio como la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito, y la tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes. La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires, lo dice sin rodeos cuando se le consulta por dónde empezar a mirar: el proceso nunca es de un día para el otro, y el entorno siempre puede advertir algo si se toma el trabajo de observar.
La oficina de Azcoitía queda en un edificio antiguo del centro porteño, a pocas cuadras del Congreso, en una zona donde todavía se mezclan las oficinas administrativas con los cafés de siempre y alguna librería de usada. Ella atiende ahí desde hace años y conoce de memoria el mapa de lo que llega a su consultorio: adolescentes que dejaron de hablar con los amigos, jóvenes adultos que viven solos y se comunican solo por pantalla, familias que notan algo raro pero no se animan a preguntar.
El legado de la pandemia y un regreso que no fue igual para todos
Para Azcoitía, el período de aislamiento social dejó una marca particular en quienes transitaban la escuela secundaria en ese momento. Algunos jóvenes que ya tenían dificultades para vincularse volvieron a la presencialidad y se encontraron con exigencias para las que no habían desarrollado recursos. Volver al aula, a los grupos, a las exposiciones orales, a la vida con otros, no fue para todos un regreso festejado: para varios fue una exigencia añadida que cayó sobre hombros que ya venían cargados.
Cuando se le pide una explicación, la directora del CAS es tajante: El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón. Factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos se van sumando. El deterioro económico, una ruptura amorosa, un conflicto escolar severo pueden ser parte del contexto, pero ninguno por sí solo alcanza para explicar una muerte. Esa idea de la causa única, insiste, es una de las trampas más frecuentes con las que se tropieza cuando se quiere entender un caso.
Qué mirar: la diferencia con el patrón de siempre
Sobre las señales concretas que familiares y docentes pueden detectar, Azcoitía es didáctica. La clave está en comparar con la conducta habitual de cada persona. Si un adolescente que siempre fue expansivo se aísla de golpe, o si un chico que era más inhibido aparece de pronto con conductas disruptivas, hay que prestar atención. El aislamiento por sí solo no es un indicador definitivo: es la ruptura con el patrón previo lo que marca la diferencia y lo que tiene que disparar la preocupación.
- Cambios marcados respecto del carácter de siempre: retraimiento repentino o, a la inversa, una exaltación que no se había visto antes.
- Uso de redes sociales como único canal de contacto, en especial cuando se vive solo y se fueron dejando de lado los encuentros cara a cara.
- Consumo problemático de alcohol o de sustancias, que muchas veces aparece como una vía de escape y no como un festejo.
- Trastornos de la alimentación, que suelen manifestarse primero en la comida y en el cuerpo que en el discurso.
- Situaciones de bullying, abusos o conflictos familiares sostenidos en el tiempo.
Sobre las redes sociales, Azcoitía evita una condena general. Advierte sobre su impacto cuando desplazan a los otros vínculos y cuando la persona que las usa está en un momento de vulnerabilidad. No se trata, dice, de borrar aplicaciones del teléfono, sino de entender qué papel están jugando en la vida de ese joven y qué lugar les queda, en paralelo, a los abrazos, a las sobremesas, a las llamadas de voz.
Cómo preguntar y cómo escuchar
En la tarea diaria del CAS, la psicóloga repite una y otra vez la misma idea: preguntar directamente no la idea, al contrario, abre una puerta. Lo que se observa como una señal es, en general, la punta de un pedido de ayuda que no encontró cómo formularse. En el consultorio de Azcoitía, las consultas que más llegan desde familias y docentes tienen el mismo formato: notaron algo distinto, dudaron durante semanas, no supieron cómo acercarse y terminaron buscando un teléfono al cual llamar.
Mariela, de 42 años, docente en una escuela secundaria de Moreno, llegó al CAS después de un mes de observar que una alumna de quinto año se había retirado del grupo de siempre, no respondía los mensajes del aula de WhatsApp y faltaba sin justificación a casi todas las clases. Todavía recuerda la tarde en que se decidió a preguntarle en persona qué le pasaba, en el patio, antes de que sonara el timbre. La chica se quebró, contó una situación familiar grave y pidió ayuda. Mariela no es una profesional de la salud mental, es profesora de lengua, y en su propia voz resume lo que aprendió en esa experiencia: preguntar no hace daño, lo que hace daño es quedarse callado. Mañana va a tener su primera reunión de departamento del año y quiere proponer que el equipo de orientación prepare un protocolo simple para que otros docentes puedan hacer lo mismo que hizo ella el año pasado sin tener que pasar por la misma angustia.
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