Límites con los hijos: por qué decir "no" a tiempo también es una manera de cuidar
Especialistas en crianza insisten en que las normas claras y el diálogo no se contradicen. Cuando el adulto cede para evitar el berrinche, los chicos pierden herramientas para tolerar la frustración y regular sus emociones. La diferencia entre autoridad y autoritarismo, según dos psicólogas consultadas.

Lo veo una y otra vez en el consultorio, en la plaza, en la fila del supermercado: padres y madres que negocian hasta el cansancio con un chico de tres años para que se calce las zapatillas, que dan explicaciones larguísimas cuando piden que guarde los juguetes o que, ante el primer berrinche, terminan moviendo el límite que habían puesto cinco minutos antes. No los juzgo. Crío o crié, y sé lo agotador que es sostener un "no" cuando el llanto sube, las miradas ajenas pesan y el cuerpo pide rendirse. Pero justamente de eso se trata: de entender que poner límites no es un capricho de adulto autoritario, sino una de las formas más concretas de cuidado que podemos ofrecerles a nuestros hijos.
La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo resume con una frase que me quedó dando vueltas: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso". Para ella, la confusión es el verdadero problema, más que el enojo pasajero del niño.
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
La distinción parece obvia una vez que alguien la nombra, pero en la práctica cotidiana se vuelve un campo minado. La propia Raschkovan lo aclara: el autoritarismo es un abuso de poder, un modo de imponer la voluntad del adulto sin escucha ni razón. La autoridad, en cambio, se construye con presencia, coherencia y afecto. Respetar a un chico o a un adolescente no significa dejar que haga lo que quiera; significa tratarlo bien mientras se le transmiten las normas que necesita para crecer.
- Poner límites claros y explicados.
- Sostener la decisión aun cuando el chico protesta.
- Acompañar con afecto: el "no" no llega gritado ni con violencia.
- Revisar si la norma tiene sentido y explicarla según la edad.
Los tres estilos de crianza que siguen dando tela para cortar
En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres formas habituales de ejercer la maternidad y la paternidad. Conviene recordarlas porque siguen vigentes y porque cada familia se reconoce, en mayor o menor medida, en alguna de ellas.
- Reglas rígidas, poca escucha y alta exigencia.
- Autoritativo o democrático: normas claras combinadas con diálogo y contención.
- Permisivo: mucho afecto, pocos límites, negociación permanente.
El estilo democrático es el que más consenso reúne entre los especialistas consultados. Combina lo mejor de los otros dos: la calidez del permisivo y la estructura del autoritativo. Y acá viene un dato que me parece clave, y que lo explica la psicóloga Deborah Bellota: los padres permisivos suelen ser muy cariñosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica puede favorecer la autoestima, pero también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad.
“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Esa tolerancia a la frustración, coinciden las especialistas, no aparece por generación espontánea. Se aprende. Y se aprende, sobre todo, en la infancia, en ese terreno seguro donde un "no" dicho con calma y sostenido en el tiempo funciona como entrenamiento para las frustraciones más pesadas que vendrán después: un amigo que no nos habla, una nota que no sale como esperábamos, un despido laboral en la adultez. Si el chico nunca atraviesa el "no" en un entorno contenedor, es probable que llegue grande a esas situaciones sin las herramientas emocionales necesarias.
Bellota, además, recuerda que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": viene después, con la explicación, con el abrazo, con la disponibilidad para acompañar el enojo que la palabra generó. El límite sin afecto es una orden; el afecto sin límite es un problema. La combinación de ambos, sostienen las dos psicólogas, es lo que mejor prepara a un chico para la vida en sociedad. Y a un padre o a una madre, le diría yo, para descansar la conciencia de haber hecho lo que le tocaba, sin ceder en lo importante pero sin gritar de más.
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