Rubén Rada se fue y dejó un mapa afectuoso de la música que viene
El cantante uruguayo murió esta semana y sus últimas declaraciones sobre Tini, Trueno, Wos, Catriel y el recambio generacional vuelven a circular como una especie de testamento abierto para la escena rioplatense. Una defensa del presente, una advertencia a los que empiezan y un retrato en primera persona del hombre que prefirió ser querido por los músicos antes que por las masivas.

Lo primero que me pasó cuando supe de la muerte de Rubén Rada fue que me volvió a la cabeza, como si fuera el riff de un tema que uno no puede sacarse, esa frase suya que él repetía con una media sonrisa, esa de que "todo tiempo pasado no fue mejor", y que el mejor tiempo es el que viven los jóvenes ahora porque es el de ellos. En una redacción de noticias esas frases suelen quedar archivadas como declaraciones de archivo, como material para una nota al pasar, pero cuando el que las dijo se muere las frases cambian de peso, se ponen densas, se vuelven casi un legado, y entonces uno tiene que sentarse a leerlas con más cuidado, como se lee una carta encontrada en un cajón.
Yo había seguido de cerca sus últimas entrevistas, sobre todo esas que dio en los últimos tiempos en Montevideo y en Buenos Aires, donde se lo notaba lúcido, con el humor ácido que nunca perdió, y siempre con una lista en la boca de pibes a los que quería reivindicar. Rada no era de los viejos que miran para atrás con rencor ni con nostalgia, era de los que se sientan a escuchar lo nuevo con curiosidad genuina, y eso se notaba cuando nombraba a Tini, a Trueno, a Wos, a Conociendo Rusia, a Nafta, a Catriel, o cuando hablaba de Ricardo Mollo y de El Plan de la Mariposa con un cariño que no era protocolar, era realmente afectuoso, como de alguien que se reconoce en los otros.
Una lista de afinidades que sorprendió a más de uno
- Tini, a quien destacó como una de las artistas más importantes del momento.
- Trueno y Wos, el rap y la canción política y urbana que él seguía con atención.
- Conociendo Rusia y Nafta, parte de una camada que, según decía, estaba rompiendo.
- Catriel, con quien había construido un vínculo cercano en sus visitas a la capital uruguaya.
- Ricardo Mollo y El Plan de la Mariposa, dos nombres que citaba cada vez que le preguntaban por el rock argentino.
Esa lista, hay que decirlo, le valió más de una mirada de reojo en el mundillo del candombe y del jazz latino, porque Rada era un referente clásico, un tipo que había tocado con toda la historia grande de la música rioplatense, y que sin embargo se sentaba a escuchar trap y a defenderlo en cámara con argumentos, no por moda ni por compromiso generacional, sino porque genuinamente le parecía que esos pibes estaban haciendo cosas grandes. Yo creo que ahí había una lección que va a quedar dando vueltas un buen tiempo.
“Todo tiempo pasado no fue mejor. El mejor tiempo es el que viven los jóvenes ahora porque es el tiempo de ellos.”Rubén Rada
La advertencia a los que empiezan y la autocrítica sin rencor
Pero Rada no se quedó en el elogio fácil, no era su estilo, y por eso al mismo tiempo que celebraba dejó una advertencia que sonaba casi paternal, en el mejor sentido de la palabra, esa de que "que se diviertan, pero que se acuerden que no pueden quedarse en ese lugar, que después de esto tiene que venir otra cosa, si no la gente no les cree". La frase, leída ahora, suena a consejo de oficio, a lo que un músico con medio siglo de escenarios le dice a los que están empezando, y que los que estamos del otro lado, los que escuchamos desde un portal de noticias o desde la radio del auto, sabemos que es cierto: que una moda no sostiene una carrera, que después del hit tiene que venir un cuerpo de obra, y que si eso no aparece la gente se olvida.
También hubo en sus últimas charlas un momento de autocrítica muy de él, muy sin vueltas, cuando dijo que "me conocen todos los músicos del mundo, pero no el público", y que por eso no había alcanzado la masividad de otros colegas de la región. Lo dijo sin amargura, casi con una sonrisa cansada, como quien asume que su lugar era ese, el de ser más respetado en los camarines que en las listas de venta, y que estaba cómodo con eso. A mí, personalmente, esa confesión me pareció una de las cosas más honestas que escuché de un músico en mucho tiempo, porque casi nadie se anima a decir eso en público, y menos con la naturalidad con la que lo decía él.
Y me quedó resonando también la anécdota que contaba sobre sus nietos, la de la canción que grabó con un rapero y que acumuló quince millones de reproducciones, y la reacción de los chicos que recién ahí le dijeron que se había "ido para arriba". Esa imagen, la del abuelo que descubre a través de sus nietos que hay otros modos de medir el éxito, que las cifras en las plataformas son un lenguaje nuevo que no invalida a los anteriores, me parece que define a este Rada de los últimos años, al que no le temblaba la voz para cruzar géneros, para sumarse a un feat con un pibe de veinte años y defenderlo en televisión.
Un legado que ya estaba escrito antes de su partida
Ahora que se fue, sus palabras sobre los músicos jóvenes quedan flotando en el aire como una especie de herencia que él ya había dejado firmada sin saberlo, o quizás sabiéndolo, porque Rada era un tipo lúcido, un tipo que sabía medir sus frases. Lo que dejó, en definitiva, es una forma de mirar la música, una forma que no opone generaciones, que no demoniza lo nuevo ni endiosa lo viejo, y que le pide a cada artista, sin importar la edad, que se tome en serio la propia evolución.
Yo me quedo pensando, mientras escribo esta nota en la redacción, qué artista joven de los que él nombró representa mejor ese espíritu de evolución constante que él defendía, y la verdad es que todos tienen algo de eso, cada uno a su manera, desde el vértigo pop de Tini hasta la densidad lírica de Wos, pasando por la potencia callejera de Trueno o la canción introspectiva de Catriel. Pero quizás lo más justo que podemos hacer, como despedida y como homenaje, es tomar su propia lista como propia, y empezar a escucharlos con el mismo oído abierto que tenía él, ese oído que se negaba a quedarse quieto, ese oído que prefería el presente antes que la nostalgia.
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