Silo cierra su tercera temporada con una pregunta incómoda: ¿cuánta libertad puede tomarse una adaptación sin traicionar a los libros que la hicieron posible
Graham Yost, el showrunner de la serie de Apple TV+, salió a defender los desvíos respecto de la trilogía original de Hugh Howey. El creador, formado en la cultura del fan fiction, acompañó cada decisión desde el primer día. La serie convive con dos públicos que piden cosas distintas y el equipo reconoce que eligió contar la historia a su manera.

Lo primero que se escucha al entrar en el universo de Silo no es la voz de un personaje sino el zumbido grave y constante de la ventilación, ese rumor metálico que en la serie funciona como un segundo latido y que termina volviéndose una forma de compañía. Con ese sonido todavía pegado en los oídos, uno entiende mejor por qué Graham Yost, el hombre que tomó la trilogía de Hugh Howey y la convirtió en una de las apuestas más ambiciosas de Apple TV+, defiende con tanta convicción los cambios que la distancia del papel. La tercera temporada acaba de terminar y la conversación sobre qué se apartó, qué se mantuvo y por qué sigue abierta como una herida que pica pero no duele.
Quien se haya asomado a los foros donde se discute la serie sabe que hay un punto que vuelve una y otra vez: la presencia de Juliette Nichols en los capítulos de la última entrega, cuando el segundo libro de Howey, justamente el que sirvió de base para esta tanda, prescinde de ese personaje y pone en su lugar a otra protagonista. Yost lo sabe, lo discutió y tomó la decisión de todos modos. Para él, sacarla habría sido un error casi técnico, una de esas trampas en las que cae una novela sin consecuencias pero que una serie de televisión no puede permitirse.
Un libro puede cortar un hilo, una serie no
La explicación que dio Yost en las últimas semanas es tan simple como reveladora. Adaptar significa tomar decisiones que el texto escrito nunca tuvo que enfrentar. Una novela puede dejar a un personaje en off durante páginas y el lector se queda igual, sigue leyendo, no pasa nada. Una serie de televisión, en cambio, necesita sostener los vínculos emocionales que construyó durante horas de pantalla. Cortar a Juliette sin más habría significado perder el lazo que los espectadores fueron tejiendo con ella temporada tras temporada.
Howey, lejos de pelearla, avaló cada uno de esos desvíos desde el primer momento. Su recorrido es el de un escritor que se formó dentro de la cultura de la ficción de fanáticos, donde una historia nunca le pertenece del todo a su autor sino que circula, se reescribe y se resignifica en manos de miles de lectores. Eso lo volvió un aliado inesperado para cualquier guionista con ganas de mover piezas. Para Yost, esa apertura fue casi una licencia: sabía que podía correr a los personajes por el tablero sin pedir permiso en cada movimiento.
“Para él, todo esto consiste en formar parte de una comunidad de personas que trabajan dentro de esta historia. Siempre ha apoyado que cada uno aporte sus propias ideas.”Graham Yost, sobre Hugh Howey
Dos públicos, dos maneras de mirar
A mí, que vengo siguiendo la serie desde el primer capítulo sin haber leído un solo libro de la trilogía, la decisión de mantener a Juliette me parece de manual. Pero soy consciente de que formo parte de un público específico: el que llegó directo a la pantalla y que, además, suele pedir en las redes sociales que no se le spoilee nada del material original. Yost lo sabe porque lo vive cada vez que se cruza con comentarios en línea. En los foros conviven dos tribus que no siempre se entienden: quienes leyeron primero y juzgan cada cambio con la comparación al lado, y quienes descubren la historia en el orden inverso y solo quieren dejarse llevar por lo que la serie les ofrece.
Las críticas más directas, igual, no le llegan por redes sino por mensajes privados. Yost lo cuenta con una mezcla de paciencia y de cansarse sano. Tiene amigos que leyeron los libros después de ver las primeras temporadas y le escriben al terminar para señalarle, con cariño pero sin piedad, lo lejos que quedó la serie del material. Su respuesta, dice, es siempre la misma, casi como un mantra que se repite para no perder el eje: sí, amigo, ese es mi trabajo. Tengo que convertir esto en una serie de televisión. Y no soy yo solo, aclara, somos un grupo muy grande de personas tomando decisiones todo el tiempo.
La pregunta que queda flotando
Y entonces aparece la duda que la tercera temporada deja picando en el aire, esa que incomoda un poco y que por eso mismo vale la pena formular: hasta dónde puede alejarse una adaptación de su fuente sin dejar de ser fiel a lo esencial. No hay respuesta única ni la va a haber. Silo es, como muchos otros casos que vemos en la pantalla, un ejercicio de traducción entre dos idiomas que se parecen pero no son el mismo. Lo que Yost ofrece, al menos, es honestidad: no vendió la serie como una réplica exacta de los libros, sino como una versión posible de ese mundo, contada con otro ritmo y con otras reglas. Habrá quien lo celebre y quien lo padezca. Las dos reacciones, sospecho, son parte del mismo pacto.
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