Jueves, 10 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Ya Noticias

"The Gentlemen" vuelve con todo: Eddie Horniman se anima a cruzar el umbral y dejar de ser el duque buena onda

La segunda temporada de la serie de Guy Ritchie llega con un Duke de Halstead más oscuro, un imperio del cannabis que quiere dar el salto a Europa y una galería de mafiosos que promete sacarle el sueño al protagonista. Recorrido por los ocho nuevos episodios, con todo lo que cambia adentro del mundo criminal más británico de la pantalla.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Lo primero que se escucha cuando arranca el nuevo arco de The Gentlemen no es un tiro ni la música típica de Guy Ritchie: es un silencio raro, espeso, de campo abierto, y después el ruido húmedo de alguien arrastrándose por el barro. Esa imagen, la de Eddie Horniman medio muerto y forcejeando contra la tierra, es la única certeza que teníamos desde el final de la primera temporada. Lo que no sabíamos es todo lo de antes: cómo se llegó hasta ahí. Y eso, justamente, es lo que vienen a contar estos ocho capítulos. Lo aclaro de arranque porque a mí, que vi la primera entrega con la expectativa del que va a ver una comedia de gánsteres con clase, esta vuelta me agarró con la guardia baja y ya no la levanté hasta el último minuto.

Un duque que dejó de mirar el narcotráfico desde la barrera

Theo James vuelve a ponerse el título nobiliario, pero el personaje que se ve en pantalla poco y nada tiene que ver con el aristócrata despistado que aterrizó casi por casualidad en el imperio cannábico de la familia Glass. Ahora Eddie está decidido a recuperar tierras alrededor de la finca y, sobre todo, a llevar el negocio más allá de las islas británicas. Para eso tiene que aprender a moverse en tres arenas que nunca se le dieron bien al mismo tiempo: el cannabis que empieza a legalizarse, la política de turno y un mapa nuevo de alianzas criminales donde las reglas de cortesía ya no sirven.

Acá aparece una de las cosas que más me gusto de la temporada: la idea de que los buenos modales, esa marca registrada del duque, dejan de ser una ventaja y empiezan a leerse como debilidad. Eddie lo va entendiendo de a poco, y la serie lo muestra sin apuro, con esas escenas donde mira a los costados, mide a cada interlocutor y se da cuenta de que acumular poder, en serio, significa dejar de permitir que otros decidan por uno. La línea es finita, y los guionistas la cruzan con una naturalidad que se agradece.

“La transformación recuerda a la de ciertos personajes clásicos del género: cuanto más control gana Eddie sobre su entorno, más difícil parece la salida.”Enfoque editorial de la cobertura

Bobby, Susie y los europeos que se suman a la mesa

El otro gran eje del relato es la pulseada con Bobby Glass, el patriarca del clan. Bobby está más ocupado en su propio despertar espiritual que en actualizar el negocio a los nuevos tiempos, y esa desconexión con el presente funciona como el motor de las discusiones más jugosas que tiene la serie con Susie y con el propio Eddie. Esa trinca, la del jefe que ya se corrió, la mujer que tomó las riendas del día a día y el heredero que quiere más, sostiene el pulso dramático de los capítulos mejor logrados.

La temporada también le abre la puerta a una tanda de personajes europeos que se sienten con peso propio y no como adorno. La mafia italiana entra de la mano de Marco Moretti, a quien Sergio Castellitto le imprime ese aire entre teatral y sombrío que ya le conocemos, y de su colaboradora Cico Maldini, que Michele Morrone resuelve con una frialdad muy eficaz. No son villanos de manual: son piezas de un tablero más grande, y los guionistas se toman el tiempo de explicarles las reglas antes de ponerlos a funcionar.

Guy Ritchie, pero no tanto

Para el que conozca el cine de Ritchie, la sorpresa es ver cómo el director se contiene. Están todos los recursos de siempre, los planos cortos para los golpes, el montaje con truco, los diálogos que parecen sacados de un manual de picaresca londinense, pero la cámara está más quieta cuando tiene que estar quieta y los silencios duran un segundo más. Esa moderación le termina haciendo un favor enorme a la historia: deja que la transformación de Eddie se vea de verdad y no quede tapada por el show de pirotecnia al que el director nos tiene acostumbrados.

A mí, lo que más me quedó dando vueltas después del último capítulo es una pregunta que la serie no responde y que, sospecho, es la que sostiene todo el arco: hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible. No es una pregunta retórica. Está planteada escena por escena, en cada trato, en cada mirada que el personaje le devuelve a la gente que lo rodea. Y esa incomodidad, esa sensación de que el protagonista está a un paso de cruzar un umbral del que no se vuelve, es la mejor herencia que se puede llevar esta segunda temporada. Ocho capítulos después, uno sale de la pantalla con la sospecha de que a ese duque ya no le queda más espacio para los buenos modales.

GC
Guadalupe CastroCultura y espectáculos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo