The Good Place: cuando la filosofía se cuela en la comedia y te deja pensando a la salida del cine de tu casa
Recorremos las cuatro temporadas de la serie de Michael Schur con Ted Danson, un profesor obsesivo, una millonaria insegura y un tipo que apenas sabe atarse los cordones: la pregunta de fondo es qué hiciste con tu vida.

Hay una imagen que se me repite cada vez que me cruzo con alguien que todavía no vio The Good Place: la de una sala oscura, o mejor dicho un living cualquiera, con la luz del televisor encendida a las tres de la mañana, y un espectador que se ríe solo mientras la pantalla le planta un dilema moral en la cara. A mí me pasó. La serie entra como una sitcom amable y sale como una clase de filosofía con chistes, y uno se queda mirando el techo pensando en qué hizo mal, qué podría haber hecho distinto y si todavía está a tiempo de cambiar algo. Eso es, justamente, de lo que habla esta ficción.
Son cuatro temporadas y 53 episodios creados por Michael Schur, el mismo que viene del universo de Parks and Recreation y Brooklyn Nine-Nine. La historia arranca con Eleanor Shellstrop, una mujer que después de morir llega a un lugar reservado para las buenas personas. El problema, que ella misma reconoce al principio, es que su vida no le da derecho a estar ahí: fue de esas personas que cruzan la calle sin mirar y que tratan mal al mozo y al vecino y al prójimo en general. Esa distancia entre su pasado y el premio que le tocó es el motor de todo lo que viene después.
Los cuatro que se encuentran en el más allá
- Ted Danson como Michael, el arquitecto del vecindario donde van a parar los protagonistas, un tipo amable que en realidad carga con un plan enorme.
- William Jackson Harper como Chidi, un profesor de filosofía y ética que lleva años intentando actuar siempre de la manera correcta, y que encima es un desastre emocional.
- Jameela Jamil como Tahani, una mujer cuya fachada de perfección y apellido conocido esconde un mar de inseguridades y de necesidad de ser querida.
- Manny Jacinto como Jason, un personaje que dejó la escuela muy joven, que no está preparado para debates filosóficos y que igual se banca las situaciones más absurdas con una sonrisa.
Chidi intenta enseñarles. Eleanor finge ser alguien que no es para que no la echen. Tahani compite con Eleanor por la atención de todos. Jason, mientras tanto, pregunta qué es un deber. Y Michael los mira desde arriba con una mezcla de cariño y de alguien que sabe más de lo que dice. Esa convivencia permite que la serie vaya metiendo, casi sin que uno se dé cuenta, discusiones sobre qué significa actuar bien en serio, no en un examen, sino un martes a las siete de la tarde.
El utilitarismo, el consecuencialismo, la ética deontológica y hasta las referencias a Kant aparecen en los diálogos y en los chistes sin que la serie se ponga solemne. Las teorías conviven con criaturas fantásticas, con situaciones imposibles y con personajes que se tropiezan con la realidad cada cinco minutos. Esa mezcla es el corazón del asunto: la risa y la pregunta filosófica no se pelean, se necesitan. La serie cambia a medida que avanza, da giros importantes en su desarrollo y termina cerrando el recorrido de sus protagonistas con un desenlace que cierra la historia de manera definitiva.
Lo que más me gusta, y se lo digo a cualquiera que me pregunte, es que The Good Place no se queda en el qué hiciste, sino que insiste con el qué vas a hacer de acá en adelante. Porque en el fondo, aunque la historia pase después de la muerte, las preguntas que plantea son de las que uno se lleva al supermercado, al trabajo y a la mesa del domingo. Y a mí, cada vez que la recomiendo, me pasa lo mismo: termino la conversación pensando en si fui un buen Chidi o una mala Eleanor, y en qué hago con eso mañana.
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