Vínculos, vacunas y propósito: las claves que Mario Boskis resalta para transitar la vejez con bienestar
El cardiólogo asegura que mantener amistades, actividades y una rutina de cuidados frente a las infecciones respiratorias puede favorecer la longevidad. Lavado de manos, barbijo ante síntomas y consulta médica para completar el calendario de vacunación.

Soy Ludmila Ferreyra y esta nota la firmo desde Sociedad, con la convicción de que la longevidad no se construye solo en el consultorio sino también en la mesa de café, en el grupo de WhatsApp familiar y en la ronda de mate de los domingos. Hay una idea que el cardiólogo Mario Boskis repite cada vez que habla de envejecer bien, y que a mí, como periodista, me parece de las más importantes: sostener vínculos y actividades no es un capricho de la tercera edad, sino uno de los motores de la calidad de vida en esa etapa. Lo dijo con una frase que vale la pena guardar: cuidar la salud en la vejez es, al mismo tiempo, cuidar a los demás.
Por qué importa seguir en movimiento y en contacto
Salir, encontrarse con otras personas y continuar con actividades que entusiasman forman parte del bienestar durante la vejez. Boskis explicó que esos hábitos pueden favorecer la longevidad, siempre que se contemplen el estado general de cada persona y los cuidados necesarios para prevenir enfermedades respiratorias. Para el médico, tener un propósito cotidiano funciona como un escudo contra el aislamiento, que es uno de los grandes enemigos silenciosos de los adultos mayores.
El especialista vinculó ese propósito de vida con el concepto japonés de ikigai y sostuvo que conservar ocupaciones, amistades y comunicación con la familia ayuda a atravesar los años con menos desgaste emocional. La posibilidad de seguir con una actividad, aclaró, depende de lo que permita el cuerpo. La edad por sí sola, insistió, no debería llevar a abandonar aquello que genera bienestar, sino que obliga a adaptar el ritmo y, cuando hace falta, a pedir acompañamiento médico.
Los cuidados frente al frío y los virus
La prevención incluye prestar atención a las circunstancias de cada encuentro. Boskis explicó que durante el invierno se combinan una mayor circulación de virus y más tiempo compartido en ambientes cerrados. Estar en esos espacios con personas que atraviesan una infección, describió, aumenta las posibilidades de contagio. Por eso insistió en una conducta que a veces se olvida: cuidarse también supone proteger a los demás. Quien tiene síntomas, al toser o estornudar, termina lanzando al aire lo que después respira el resto.
- Usar barbijo ante síntomas respiratorios para reducir la posibilidad de transmitir una enfermedad.
- Lavarse las manos al llegar a casa, al trabajo y antes de comer, ya que los microorganismos pueden trasladarse por el contacto con superficies.
- Consultar al médico de cabecera sobre las vacunas disponibles: gripe, neumonía y virus sincicial respiratorio fueron las que mencionó Boskis, aunque la indicación varía según antecedentes y factores de riesgo.
- Tener en cuenta que el frío, por sí solo, no causa infecciones: hace falta la presencia de un virus o una bacteria, aunque puede dificultar el funcionamiento de las cilias que limpian las vías respiratorias.
Sobre el punto de las vacunas, Boskis fue muy claro al remarcar que la orientación debe partir del médico de cabecera, porque es quien conoce los antecedentes y los factores de riesgo del paciente y, a partir de ahí, puede indicar qué vacunas corresponden en cada caso. La vacunación, dijo, no es una decisión de farmacia ni de farmacia de turno, sino una conversación clínica que se renueva en cada consulta.
En medio del rigor del invierno porteño, me crucé con Susana Pereyra, de 68 años, que tomaba un cortado en un bar de la calle Corrientes y me contó lo suyo con una sonrisa enorme. Dijo que viene todos los jueves al taller de teatro que funciona en el centro cultural del barrio, que ahí se ríe hasta que le duele la panza, y que el resto de la semana lo ordena en función de esa salida. Cuando le pregunté qué va a hacer mañana, me respondió sin dudar: llamar a su amiga Marta, de 72 años, que vive en Lanús, para acordar el almuerzo del viernes en lo de su hija. Ahí, en esa decisión tan simple, está el ikigai del que habla Boskis: un motivo para levantarse y un plan para el día siguiente.
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