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Miércoles, 7 de octubre de 2026
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Cuando bajar la grasa de más sale caro: el cuerpo que se defiende y los músculos que se resignan

El tejido adiposo no es solo un reservorio: fabrica hormonas, protege órganos y sostiene funciones que se desarman cuando las reservas caen demasiado. Especialistas de Oxford, Míchigan y la Universidad Estatal de Wayne repasan qué pasa cuando se busca la definición a cualquier precio y por qué un número en la balanza no cuenta toda la historia.

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Ludmila FerreyraSociedad · · 4 min de lectura
Cuando bajar la grasa de más sale caro: el cuerpo que se defiende y los músculos que se resignan

Cada tanto aparece alguien en el gimnasio con la misma obsesión: ver los abdominales marcados, los brazos cortados al límite, la menor cantidad de grasa posible en el cuerpo. La idea de que menos es más se instaló hace rato y suele convivir con entrenamientos largos, dietas estrictas y una fe casi religiosa en el número que marca la balanza. Lo que muchas veces no se dice es que ese esfuerzo por dejar la grasa en el piso puede tener un costo que recién se paga cuando el cuerpo empieza a avisar, a veces en silencio y a veces a los gritos.

El tejido adiposo no es un adorno ni un enemigo a eliminar a cualquier precio. Es un reservorio de energía que el organismo usa cuando la comida escasea o cuando el gasto se dispara, y al mismo tiempo funciona como una fábrica de hormonas que hablan con el cerebro y con el resto de los órganos. Cuando esas reservas caen por debajo de cierto umbral, la conversación se corta y el cuerpo empieza a ahorrar en lo que considere menos urgente. El problema es que para él hay cosas que pueden esperar, aunque para quien entrena sean justamente las que más le importan.

Un número, muchos cuerpos

Un porcentaje de grasa corporal, leído de manera aislada, no alcanza para hacer un diagnóstico serio. La edad, el sexo y la distribución del tejido adiposo cambian la película por completo, y las herramientas que se usan para medir tampoco cuentan la misma historia. Una balanza de bioimpedancia, esas que se pisan descalzas en el gimnasio o en casa, puede arrojar resultados muy distintos según cuán hidratado esté el cuerpo ese día. Un plicómetro, que mide pliegues de piel en distintos puntos, deja afuera la grasa que rodea los órganos, esa que es invisible desde afuera pero pesa más en la salud.

La densitometría DEXA es la que másza permite distinguir entre tejido graso, masa magra y masa ósea, aunque necesita un equipo costoso y no está al alcance de cualquiera. En un trabajo con más de setecientos deportistas se la utilizó para mapear los mínimos reales que se observan en personas entrenadas. Lo que apareció fue bien distinto del uno o dos por ciento que muchos sueñan: en los hombres, el piso estuvo cerca del diez por ciento, y en las mujeres, alrededor del dieciséis. Es decir, cuerpos muy definidos, sí, pero todavía con grasa, y con bastante.

“Cuando una restricción calórica fuerte reduce esas reservas, el cuerpo puede empezar a tirar del músculo para conseguir energía, y eso termina afectando también la formación y la reparación del tejido óseo.”Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas de la Universidad de Míchigan

La advertencia no es solo estética ni una cuestión de rendimiento en el corto plazo. Jessica Maung, que investiga enfermedades metabólicas en la Universidad de Míchigan, lo explica con una frase que suele repetirse en los consultorios: si se baja demasiado la grasa, el organismo empieza a protegerse de la mejor manera que conoce, y esa manera muchas veces implica resignar funciones.

Hormonas que se desordenan y defensas que bajan

El primer sistema que entra en alerta es el hormonal. En hombres que comen poco en relación con lo que gastan, la testosterona puede caer, y con ella se van la energía, el ánimo y el rendimiento. En mujeres deportistas, los niveles demasiado bajos de grasa se asocian con ciclos menstruales irregulares o directamente con la desaparición de la menstruación, una señal de que el cuerpo decidió que no es momento de sostener una función que considera costosa. Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford, suma otro dato que no es menor: con pocas reservas, al organismo le cuesta muchísimo responder de manera adecuada frente a una infección grave.

El cuadro se completa con lo que pasa del otro lado del mostrador. El exceso también importa, y mucho, sobre todo cuando la grasa se acumula alrededor de los órganos. Esa grasa visceral favorece la liberación de sustancias que mantienen al organismo en un estado de inflamación crónica de bajo nivel, lo que a largo plazo se traduce en más riesgo cardiovascular, metabólico y en discusiones pendientes con el azúcar en sangre. La paradoja es que mientras muchos quieren bajar la grasa a como dé lugar, otros conviven con un cuerpo que les pide ayuda para reducir justamente la más peligrosa.

La lectura que hacen los especialistas consultados es bastante clara: no existe un porcentaje mágico de grasa que sirva para todos. Hay personas que con dieciocho por ciento se ven y se sienten mejor, y otras que con veintidós están en un estado de salud impecable. La genética, la edad, el historial deportivo, el tipo de entrenamiento y hasta el descanso pesan tanto como el número que aparece en la balanza. Por eso insisten en mirar el cuadro completo y no una sola cifra, y en entender que el cuerpo, cuando se lo aprieta demasiado, siempre encuentra la manera de defenderse, aunque eso signifique resignar justo lo que uno más quiere cuidar.

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Ludmila FerreyraSociedad

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