«La isla olvidada»: dos amigas, un viaje y los recuerdos que sobreviven a la distancia
La nueva película animada de DreamWorks dirigida por Joel Crawford y Januel Mercado lleva a dos adolescentes filipinas a recorrer mundos fantásticos mientras lidian con una separación y el peso de lo vivido juntas.

Lo primero que se escucha en la sala, antes incluso de que arranque la proyección, es una voz adolescente que le habla a alguien que no está. Es la forma que encontró la película para plantarnos de entrada el corazón de la historia: dos chicas que se quieren, que tienen que separarse y que cargan con el eco de las cosas que vivieron juntas. Esa especie de confesión íntima funciona como una invitación a meternos en la aventura, y la verdad es que cumple: durante los minutos siguientes uno se deja llevar por un viaje que se mueve rápido, cambia de escenario sin pedir permiso y nunca pierde de vista lo que realmente le importa al relato, que es la amistad entre Raissa y Jo.
La historia sigue a estas dos protagonistas en un contexto muy concreto, Filipinas, y ahí hay un trabajo que vale la pena destacar: el filme no usa el país como un decorado exótico sino que lo trata como un lugar vivo, con sus costumbres y su identidad presentes de manera orgánica en la trama. La animación, además, se da el gusto de mezclar estilos visuales y de tirar recursos que van desde movimientos de cámara ambiciosos hasta un humor físico muy al estilo del cine de los ochenta, con gags apoyados casi exclusivamente en la imagen. Hay incluso referencias a series ochentosas que los espectadores más grandes van a recibir con una sonrisa cómplice.
Una amistad que sostiene el viaje
El motor emocional de la película es la relación entre Raissa y Jo, dos adolescentes obligadas a separarse por circunstancias que el guion va develando de a poco. Sus recuerdos compartidos funcionan como una especie de mapa emocional que las guía cuando el mundo se vuelve confuso, y esa elección narrativa le da a la fantasía una razón de ser: los mundos que recorren no son un premio de consolación sino un espejo de lo que sienten y de lo que están procesando. A medida que el viaje avanza, las protagonistas se cruzan con distintos personajes y se va armando un pequeño grupo en el que cada uno suma algo, y donde los vínculos que se tejen terminan importando tanto como la meta del recorrido.
No todo es liviandad. La historia convive con temas pesados como la separación, el trauma y el valor de aquello que se construye en común, y se nota en la forma en que están escritos los personajes: ninguno queda definido únicamente por sus gestos heroicos, todos muestran sus costados más imperfectos, sus dudas, sus torpezas adolescentes. La villana que las persigue durante buena parte del metraje funciona como contracara de esa humanidad: representa lo que se interpone cuando uno intenta seguir adelante sin terminar de elaborar lo que dejó atrás.
“Lo que queda cuando un vínculo se transforma no es lo mismo que se perdió: es otra cosa, hecha de recuerdos y de lo que aprendimos con el otro.”Guadalupe Castro
Otras animaciones donde la amistad es el centro
- Toy Story (John Lasseter, 1995): el vínculo entre Woody y Buzz como puerta de entrada a preguntas sobre la lealtad y el lugar de cada uno.
- Buscando a Nemo (Andrew Stanton, 2003): un padre y un hijo que recorren el océano con el recuerdo del otro como motor.
- Mi villano favorito (Pierre Coffin y Chris Renaud, 2010): Gru y las niñas adoptivas, una familia que se arma desde el lugar más inesperado.
- Intensamente (Pete Docter, 2015): las emociones de una niña como protagonistas y el valor de la tristeza para construir identidad.
- Coco (Lee Unkrich y Adrian Molina, 2017): la memoria familiar y los lazos que sobreviven más allá de la muerte.
- Soul (Pete Docter, 2020): qué es lo que nos hace sentir vivos y cómo las conexiones con los demás dan forma a ese propósito.
Si me preguntan a qué público le recomendaría especialmente esta película, les diría que a familias con adolescentes, a quienes quieran ver una animación que se toma en serio lo que sienten sus protagonistas sin resignar el ritmo vertiginoso y el humor que el género acostumbra, y también a los que tengan algún tipo de vínculo con la cultura filipina o curiosidad por verla representada con cariño en una producción grande. Salí de la sala con la sensación de que la película entiende algo que a veces se olvida: que las amistades de la adolescencia, aunque cambien de forma, no se terminan, se transforman, y algo de lo mejor que tenemos adentro viene de esa época en la que aprendimos a querer así.
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